¿Quién mató a Roldán?

Si como sociedad no desconectamos nuestra ideología de simples herramientas como una pistola Taser o un proyectil expansivo, seguiremos siendo nosotros los protagonistas de esta historia.

Lo sufro como docente. Es la pérdida de otro de mis alumnos. Otro más en estos largos años; otro cuyo rostro me es familiar o de quien tengo un vago recuerdo de su paso por las aulas de la Escuela Federal de Policía. Lo sufro como abogado, porque vi en ese video la injusticia de una joven vida perdida en el cumplimiento del deber. Lo sufro como ciudadano, porque como sociedad no sabemos cuidar a los que nos cuidan, y los dejamos enfrentarse al peligro con herramientas inapropiadas.

Con Rodrigo Roza, su agresor, pasó lo que suele pasar. Ya murió. Porque eso es lo que hace una bala de 9 mm como las que disparan los policías argentinos. Ocasionan la muerte ya que son proyectiles diseñados para eso, para perforar y lesionar, y seguir perforando y seguir lesionando. Y eso fue lo que pensó Juan Pablo Roldán al dispararle, o mejor dicho al dudar en hacerlo. Pensó en su compañero, que estaba atrás del agresor en la línea de fuego, pensó en la gente que también se encontraba cercana, pensó en su arma y en el poder de sobrepenetración del proyectil que tiene obligación de portar. Roldán no quería matar a Roza, simplemente quería evitar que siguiera agrediéndolo. Y sin embargo, Roza murió varias horas después de ocasionarle las heridas que terminaron con su joven y prometedora vida.